Cahors tierra de Malbec
Todos conocemos la gran historia del Malbec y su éxito en la Argentina, pero la biografía de esta variedad en Francia, su lugar de nacimiento, es muy diferente.
Mientras nuestro Malbec ha conquistado el mundo con su redondez y estilo accesible, en Cahors, Francia, la cuna originaria de esta cepa, se encuentra un pariente más oscuro, rugoso y rústico. Como el familiar que nadie visita, en los últimos 100 años el Malbec de Cahors ha perdido su popularidad entre los amantes de vino mientras su primo argentino se convierte progresivamente en estrella. Pero gracias a la reacción que produjo en el mundo este varietal elaborado en suelo patrio, Cahors empieza a desempolvarse mostrándole su rústico encanto al público.
Asentado en las colinas dormidas del sur de Francia se encuentra Cahors. Y este valle nebuloso alrededor del río Lot es el lugar donde nace el Malbec.
La variedad tiene una historia tan rica como real. En Cahors, y durante más de mil años, fue el vino que ocupó las mesas de los personajes más destacados. También conocido como “el vino negro”, era la opción elegida para los casamientos reales, los festejos del papa y las exuberantes fiestas de los zares.
Después de las devastadoras consecuencias de la filoxera, la supremacía y fama de su vecina y poderosa Bordeaux dejó a Cahors fuera del mapa; más tarde sufrió una sucesión de guerras con resultados desastrosos para la economía. La región no pudo recuperarse tan fácilmente.
Pero en los últimos 50 años, la producción de Malbec ha visto un renacimiento, aunque en cifras muy pequeñas. Sólo basta pensar que en su mejor momento, en 1866, Cahors tuvo plantadas 58.000 hectáreas de Malbec (casi lo mismo que la Argentina ahora), mientras que actualmente ronda las 4.600 hectáreas y los 400 productores.
Como país vitivinícola, la Argentina le debe mucho al ingeniero agrónomo francés Michel Aimé Pouget por haber traído la cepa Malbec desde Francia hace más de 200 años. Pero hoy, mucho tiempo después, parece que Cahors no tiene problema en cobrarle la deuda a la Argentina mientras trabaja para volver a la escena y establecerse como productor de Malbec usando el éxito argentino. Mientras Mendoza crece y se hace famosa, Cahors se despierta, presta atención y, como resultado, termina rompiendo con algunas prácticas francesas.
Es que Cahors fue la primera región francesa en abandonar la vieja tradición de nombrar solamente la región y comenzó a utilizar el nombre del varietal en las etiquetas. Para la mayoría de los europeos, ver un vino francés con el nombre “Malbec” aún es un choque cultural, pero aquí ya están más acostumbrados a llamar a su vino por la variedad principal.
Con la influencia de consultores internacionales y del enérgico gurú de marketing Jeremy Arnaud, este paraje galo empezó el nuevo siglo afianzando sus vínculos con los productores argentinos con el fin de convertirse en el “nuevo mundo del viejo mundo”. En 2010, gracias a la unión comercial entre Cahors y Luján de Cuyo, un congreso
internacional del Malbec que se llevó a cabo en esta antigua ciudadela reunió a productores franceses y argentinos en un encuentro con el objetivo de mantener al Malbec en el top of mind de los consumidores y críticos.
Diferentes estilos y mercados
Considerando su tamaño, esta región ya posee un segmento importante del mercado de Malbec. Si bien se consume en Francia y se exporta a Estados Unidos, el que gana importancia es el mercado asiático, donde se reconoce más el francés que el mendocino.
Igualmente, no representa una amenaza: con un costo de producción mucho más elevado y un terroir limitado, Cahors nunca podrá competir con nuestro país. De hecho, la idea no es competir, sino proponer un estilo distinto a los consumidores.
Y no hay dudas de que es verdaderamente distinto. Mientras el Malbec de la Argentina, gracias al clima soleado, se ha
transformado en un vino frutado, de taninos suaves y redondos, en Cahors uno puede ver el origen de la bestia. Con una
columna tánica fuerte y una acidez naturalmente elevada, el vino es refrescante, poderoso, con un final largo y notas
sabrosas de cereza áspera o guinda, frutas negras del bosque, ciruela silvestre y hojas de té. En vinos más complejos, se encuentran dejos a violetas, notas seductoras de regaliz, vainilla y menta, mientras en los más finos, incluso un toquecito de trufa. Sin embargo, es el color el que le da la personalidad. El Malbec de Cahors no tiene el apodo “vino negro” por casualidad, sino porque es un vino increíblemente intenso, oscuro y rojizo negro. El dicho local dice: “Si podés ver tu mano del otro lado de la copa, no es Cahors”. Además, el color es verdaderamente indicativo del gusto en boca y refleja su especial inkiness. Este encanto en la copa explica su popularidad en los bares y vinotecas de moda. Pero… gente moderna, a tener cuidado: el vino negro también pone los dientes negros.
Turismo urbano y rural
El primer lugar donde debería ensuciar sus dientes en Cahors es en Villa Cahors Malbec, un bar y centro de información
moderno en la ciudad. En el confort del bar, uno puede planear las visitas a las bodegas, mientras Jeremy Arnaud, experto en Cahors, ayudará a navegar en las degustaciones de los mejores ejemplares de la región mientras narra los secretos de la historia regional. Dentro de Villa Cahors uno puede pensar que está en una ciudad moderna, pero afuera, sin dudas, se da cuenta de que Cahors es muy tradicional e histórica: posee uno de los puentes medievales mejor conservados de Francia, una impactante catedral de la época de la Renaissance y angostas calles de piedra con adoquines en forma de caracol adornadas con pequeños bistrós.
Sin embargo, la cultura no tiene nada de lo estático de su arquitectura. La gente es relajada y promueve la innovación para atraer a una nueva generación a la escena del mundo del vino.
El placer del camino del vino de Cahors llega no sólo de la mano de esta bebida, sino también de la hermosa arquitectura de los châteaux y del paisaje que los acompaña. El río Lot, con su forma serpenteada, hace cuatro divisiones de la tierra cerca de su cauce; cuatro terrazas y, por encima, las mesetas. Con una superficie de 60 kilómetros por 30 kilómetros y una altitud de 100 a 300 metros sobre el nivel del mar, la región es diminuta en comaparación con la tierra argentina.
Sin duda alguna, el clima y el terroir son los responsables de convertir el Malbec francés en un vino completamente diferente al sudamericano de los Andes. La mayoría de los enólogos eligen mezclar el vino que crece en los viñedos de piedra caliza (que dan vinos con taninos finos) con otros más poderosos provenientes de viñedos de cantos rodados y arena.
La reglamentación de su Denominación de Origen Controlada (AOC), otorgada a Cahors en 1971, permite usar 30% de Merlot y/o Tannat de la región para suavizar el rústico Malbec. Sin embargo, en los últimos 10 años, la tendencia se inclina por hacer vinos 100% varietales o con muy poco porcentaje de otras cepas.
Con taninos abundantes, el Malbec de Cahors sin duda es un tinto para acompañar con comida –y la gastronomía de la región es algo que uno no puede dejar de probar cuando está de visita–. La tierra del Malbec francés también es la tierra del mantecoso foie gras, el azafrán, los melones, los champiñones, el queso de cabra y la exclusiva trufa negra. En noviembre los mejores cocineros del mundo se establecen allí para las subastas semanales de trufa en las que los precios pueden llegar a US$ 150 cada 100 gramos.
Teniendo en cuenta que la calidad de la materia prima no es una sorpresa, Cahors tiene una gran cantidad de restaurantes destacados, incluyendo algunos con estrellas Michelin escondidos entre sus calles. Hasta en los restaurantes más humildes, uno puede encontrar un estilo de gastronomía que combina la tradición con la modernidad y que se disfruta más maridada con la bebida regional. El vino negro y complejo es, sin dudas, mejor cuando se acompaña con los sabores de su tierra.
Quizás el secreto del Malbec francés es mucho más oscuro que el de su hermano argentino. Mientras el sudamericano está floreciendo desde sus viñedos de altura soleados y montañosos en una tierra recién descubierta, el Malbec de Cahors se arraiga en las venas de su suelo y poco a poco empieza a salir de la sombra.
Visitando las bodegas
Ya que la región es mucho más chica que Mendoza y las distancias entre bodegas son más cortas, uno puede visitar varias en un solo día. Sin embargo, su geografía, con colinas, pendientes y calles angostas, requiere un ritmo tranquilo, ideal para apreciar el glamour del pasado, la arquitectura de la región y el hermoso paisaje circundante.
Todavía existen varios châteaux familiares que producen vino desde hace siglos, pero también hay mucha tierra sin usar, lista para ser retrabajada y replantada. Además, los precios de la tierra en Cahors están a casi un tercio de los de la Argentina: 10.000 euros por hectárea. Gracias a estos costos llamativos y a una historia vitivinícola noble, existe un buen nivel de inversión en un área donde enólogos y emprendedores vienen con la idea de restaurar lo antiguo y volver a su época de vitivinicultura prestigiosa.
Descubramos algunas bodegas.
Château Lagrezette: Es una de las bodegas estrella de la región. Con numerosos premios y distinciones, no es una sorpresa que sea el resultado de una seria inversión monetaria. Alain Dominique Perrin, ex director de Cartier, compró Lagrezette en 1980 cuando se enamoró del castillo del siglo XV. La participación de Perrin fue decisiva para el renacimiento de la industria vitivinícola de Cahors. Fue un hombre serio y dedicado que siempre tuvo el objetivo de crear no solamente un Malbec francés, sino el mejor Malbec francés. “Estamos intentando poner nuestro terroir en el mapa –comenta el gerente general de Lagrezette, Jean Courtois– y la única manera de hacerlo es que los vinos sean elegantes y refinados”. Lagrezette lo ha logrado teniendo en cuenta las tendencias y gustos de los paladares internacionales. “Por supuesto que podemos aprender de la Argentina; estamos interesados en aprender y conocer más sobre cualquier vino de calidad”. Michel Rolland trabaja como consultor y eso se puede advertir en el estilo que tiende a satisfacer el paladar “internacional”: madera pronunciada y vinos complejos con fuerte presencia de frutos rojos, chocolate, canela y eucalipto.
Château Chambert: En los últimos años, Cahors ha recibido una nueva ola de inversores y enólogos apasionados. Philippe Lejeune es uno de ellos. Joven empresario del software, decidió dedicarse al mundo del vino y compró Château Chambert con la idea de producir vinos elegantes. La finca produce Malbec desde hace diez siglos, pero el estilo de Philippe es sumamente moderno. Con un viñedo completamente orgánico y biodinámico, Lejeune y su enólogo Vincent Neuville tienen muchas ganas de innovar. “Cada año quiero experimentar; es lo más importante para desarrollarnos”, dice Philippe, quien busca mezclar los métodos del futuro con los antiguos. Château Chambert produce su Malbec fortificado respetando la receta original creada hace 300 años. Fermenta las uvas y agrega destilado de Malbec para cortar la fermentación; esto produce un vino dulce, rico, pegajoso y espeso como jarabe. Pero ese vino de postre es muy distinto del estilo refrescante típico de los vinos tranquilos de Château Chambert. Ubicado en la zona de la meseta, se destaca por vinos más frutados, finos, con un poco de pimienta blanca en nariz.
Château du Cèdre: Este château familiar se convirtió en una de las bodegas más destacadas de la denominación de origen Cahors. Los hermanos Pascal y Jean-Marc Verhaeghe, segunda generación de productores de vino, heredaron el establecimiento familiar cuando su padre murió debido a una enfermedad causada por los químicos que se usaban en el viñedo en su época. Debido a esa experiencia, decidieron enfocarse en uvas orgánicas –más saludables para las personas y para el viñedo– y en conseguir una expresión pura del terroir. “Quiero crear un vino equilibrado desde el principio –comenta Pascal–, cuando empiezas con fruta equilibrada en el viñedo, tienes menos trabajo en la bodega”. Pascal es una persona auténtica y sincera, y su personalidad está muy presente en su filosofía. Para elaborar el vino de la manera más simple posible, los hermanos prestan una atención meticulosa al viñedo y tienen cuidado de no trabajar de más el vino en la bodega siguiendo el dicho francés laissez le vin se faire (deja que el vino se haga solo). El resultado es un producto franco, que refleja el terroir. Sus vinos son de los que mejor expresan los aromas a violeta en la región, con notas de regaliz, frambuesa y un toque de menta; además, son oscuros, finos y elegantes.

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