Vinos que marcaron la historia

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Nota creada el 31.01.2012 Por Gustavo Choren Bookmark and Share

El pasado de los vinos argentinos está lleno de etiquetas que señalaron caminos, que luego fueron seguidos por muchos otros de sus similares. Ya sea en términos de composición, imagen o precio, cada uno aportó lo suyo y marcó una bisagra en la vitivinicultura nacional.

No son pocos los historiadores que se preguntan quiénes le dan forma a la materia de su especialidad. ¿Son los héroes los que hacen la historia, los hombres destacados, los grandes estadistas? ¿O son las personas comunes y corrientes, esas que conforman la “multitud silenciosa”? El debate al respecto resulta apasionante para todos aquellos a quienes nos gusta investigar el pasado, pero la respuesta se puede obtener por medio del más sencillo y modesto sentido común. La historia la hacen todos los seres humanos, desde los que llegan al más alto nivel de exposición pública hasta los que viven sus vidas de una manera básicamente desapercibida para el resto del mundo. No hace falta ser demasiado perspicaz para intuir que los primeros representan una ínfima minoría numérica, si bien es cierto que son ellos, y no otros, quienes perduran en los registros de la posteridad. Tal vez no sean los únicos responsables de “hacer la historia”, pero sin duda son los que tienen una posición protagónica en ella. Ahora bien, ¿cuál es el elemento que les permitió arribar al podio de la inmortalidad? Seguramente, una combinación de factores, en los que se mezclan méritos propios con circunstancias fortuitas. O, dicho de otra manera, haber hecho algo importante –para bien o para mal– en el sitio más propicio y en el momento más indicado. Más allá de sus actos, todo personaje histórico es producto evidente de un lugar, una época y una situación determinada. Cuando intentamos buscar un puñado de vinos argentinos que hayan hecho historia, el panorama es bastante parecido, puesto que la cantidad de etiquetas a considerar es ciertamente amplia y sujeta a las mismas dudas. ¿Acaso la historia del vino no la escriben todos los vinos por igual? Tal vez, pero es posible señalar algunos en particular, cuya existencia determinó una bisagra, un antes y un después que marcó de manera crucial el camino posterior de la industria. Y aun habiendo arribado a esa certeza, las cavilaciones no son pocas. Así y todo, considerando los múltiples aspectos que se pueden tener en cuenta a la hora de hacer una selección tan especial, es posible mencionar algunos vinos argentinos que modificaron el desarrollo del sector de manera singular, cada uno en circunstancias distintas y por motivos diferentes. Como ocurre en la historia de la humanidad, en la que el resultado de una batalla puede cambiar por completo y para siempre el transcurso de los acontecimientos, los ejemplos citados a continuación ilustran bien acerca de que esas felices coincidencias se dan igualmente en el mundo de la enología. En el momento histórico adecuado, un audaz cambio de estilo, una renovación de imagen o una osada incursión en cepajes inexplorados bien pueden ser motivos para la inmortalidad vinícola.

Del tinto liviano a la botella esmerilada
Según cuenta la leyenda, finalizaban los años sesenta cuando el barón Bertrand de Ladoucette (iniciador de Chandon en la Argentina) le pidió al enólogo Paul Caraguel que elaborara un vino tinto liviano, suave, fácil de tomar, que tuviera la docilidad como para ser refrescado en los calurosos días del verano mendocino. La interpretación del técnico fue cabal y de ella surgió el Comte de Valmont, un vino absolutamente revolucionario en estilo y concepción. La llamativa etiqueta roja con bordes dorados, diseñada especialmente para su botella, ayudó mucho al resonante éxito posterior de la marca, pero nadie puede dudar de que fue esa silueta laxa, fresca y ligeramente chispeante (que hoy por hoy puede ser criticable, pero no lo es en una perspectiva histórica) la que le aseguró un lugar en la historia de los vinos argentinos.
En forma inversa, no fueron sus virtudes innatas como vino, sino su imagen, lo que determinó el éxito aplastante de otra marca, identificada con un tipo de envase y de etiqueta: Navarro Correas Colección Privada. Si bien hoy se ha visto transformado en toda una línea de vinos, en el pasado se trataba de un único tinto, corte de Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot, que deslumbró a los consumidores de finales de la década de 1970 con su botella esmerilada y su vestido con detalles pictóricos, que incluía obras de los más destacados artistas, realizadas especialmente para cada cosecha. Entre 1971 y 1994, engalanaron su imagen exterior algunos pinceles célebres, como los de Antonio Berni, Pérez Celis, Josefina Robirosa y Raúl Soldi, entre otros. El Colección Privada de Navarro Correas fue el iniciador de un concepto revolucionario en el vino argentino de entonces que puede resumirse de la siguiente manera: lo de afuera es tan importante como lo de adentro.

La osadía en precios y cepajes
Aunque luego pasó a llamarse oficialmente Catena Zapata Estiba Reservada como diferenciación de una amplia línea de vinos creada por la misma bodega a partir de su éxito, en 1996 bastaba decir Catena Zapata para referirse al tinto que venía en una botella tapada por una gruesa cobertura de tela. Pero su rasgo saliente no estaba dado por la imagen ni por la calidad (que nadie ponía en duda), sino por el precio: nada menos que cincuenta pesos, cifra que duplicaba la de cualquier otro competidor de ese entonces. A partir de su cosecha fundacional de 1990 (lanzada hacia fines de 1995), el Catena Zapata fue creciendo en volumen de producción, prestigio y valor, pero el legado que le dejó a la vitivinicultura nacional tuvo que ver con que fue la primera vez que un vino de línea se atrevió a transitar por gamas de precios absolutamente impensadas, astronómicas para la época. Y si bien ya existían algunas otras etiquetas de “precio alto”, ninguna se acercaba a ese nivel. Con su inesperado posicionamiento, el Catena Zapata hizo las veces de una piedra fundamental, que permitió construir la estructura del segmento de los “alta gama”, actualmente tan en boga entre casi todas las firmas del sector.
Algunos años después, Familia Zuccardi hizo lo propio con su línea Q, emblema de la casa hasta la aparición del Zuccardi Z en 2005. Sin embargo, en este caso, el lanzamiento de la marca contó con una punta de lanza experimental, que sondeó el mercado algún tiempo antes que sus hermanos de escudería. En efecto, el Tempranillo Q fue el auténtico iniciador de la saga, anticipándose más de un año respecto al resto de la línea, y aunque para muchos haya pasado desapercibido, fue el primer vino argentino de alta gama proveniente de una variedad de uva no tradicional. El éxito de esta primera experiencia le permitió a la bodega de marras consolidarse por partida doble: como un establecimiento de constante innovación varietal, ante todo, pero que también podía hacer vinos de gran calidad y precio acorde con uvas hasta entonces muy poco consideradas para ese fin. Y además, por supuesto, abrió el espacio para que otras bodegas hicieran lo mismo.

Más históricos para tener en cuenta
Desde ya, queda claro que las presencias más destacadas en la cronología del vino argentino no se agotan en un puñado de etiquetas. Bien al contrario, los nombres a mencionar podrían ser muchos, empezando por la prehistoria enológica nacional, en 1880, cuando se verificó la primera solicitud de registro de una marca vinícola: el Vino Popular Mitre. Asimismo, los memoriosos recuerdan los respectivos sucesos que marcaron las apariciones de los vinos de la bodega Trapiche de Benegas (que en aquel entonces era El Trapiche) durante la década de 1910, o del Chateau Vieux de López, en el decenio de 1930. Este último caso, que perdura hasta nuestros días, constituye un verdadero récord: es el vino argentino que más tiempo ha permanecido en el mercado, con una misma marca, con una etiqueta casi similar, hecho por la misma bodega (en manos de la misma familia, además) y dentro de un estilo que no ha sufrido grandes modificaciones, sin ningún tipo de interrupción.
Más cercanos en el tiempo son los vinos de San Telmo, que formaron una línea de varietales históricamente avanzada, o el Malbec Estrella de Weinert, quizás el primer vino nacional que justificó su precio en el año de elaboración. Por el lado de la imagen, seguramente son muchos más los que pueden dar fe de la revolución visual que produjo la botella flange que impuso Luigi Bosca allá por 1996 (émula, en realidad, de los vinos de Robert Mondavi), si bien, como tantas veces ocurre, la masificación de su uso ocasionó el rápido abandono del envase por parte de las bodegas prestigiosas que hasta entonces lo utilizaban.
Precisamente fue la imagen, unida al sabor del producto, el factor central de otro boom de ventas que no puede dejar de mencionarse. Se trata del New Age, que desató una verdadera explosión en el mundo de los frizantes durante los últimos años del siglo XX. Por último, el que suscribe no ha logrado determinar fehacientemente cuál fue la bodega pionera que envasó un vino dulce de cosecha tardía en la botella alargada de 500 centímetros cúbicos. Si bien ese formato básico fue introducido en 1997 por Trapiche para su Syrah Roble, el dato importante reside en localizar a quienes generaron –sin proponérselo– un silogismo de conclusión actualmente indiscutida: “todo vino dulce de buena calidad viene en botella de medio litro”.
¿Seremos testigos de la aparición de más vinos que harán historia en el futuro? No hay dudas de que sí, aunque hoy parezca difícil de concebir en el contexto de una vitivinicultura mundial en la que parecería que ya ha sido practicado todo lo practicable. A pesar de ello, no hay que perder los ánimos, porque la historia se sigue escribiendo cada día y, por definición, no puede ser predicha con total exactitud. Porque, en definitiva, las revoluciones nunca son esperadas: simplemente llegan.