Informe
Una aventura centenaria
Entre tantos festejos bicentenarios no pasan desapercibidos el primer siglo de vida de la vitivinicultura patagónica. Durante ese período, la industria del vino austral pasó por etapas de crecimiento, apogeo, derrumbe, olvido y resurrección.
- 12.07.2010
- Gustavo Choren
Quizás nunca llegó a sospechar el ingeniero Guillermo White, representante del Ferrocarril Sud, que su firma estampada en el contrato con el gobierno aquel 16 de marzo de 1896 terminaría siendo la piedra fundacional para el nacimiento de una nueva región vitivinícola en el Alto Valle del Río Negro.
De hecho, ni siquiera se le habrá pasado por la cabeza ya que las prioridades eran otras. La situación con Chile era muy tensa, el conflicto bélico se avecinaba y las autoridades nacionales requerían de un medio veloz para llevar tropas hacia la precordillera patagónica.
La tarea encomendada no era sencilla: construir en tres años una línea férrea de 554 kilómetros desde Bahía Blanca hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén a pico y pala, en medio de la nada. Pero la experimentada empresa británica cumplió y entregó la obra terminada en mayo de 1899, incluyendo estaciones, puentes, desvíos, galpones, talleres, viviendas para el personal y la correspondiente línea de telégrafo.
Paradójicamente, en el momento de su finalización, la monumental infraestructura carecía de sentido de acuerdo con el propósito original, puesto que el fantasma de la guerra se había disipado. Sin embargo, no pasaba desapercibido que su traza corría paralela al curso superior del Río Negro, cuyas aguas eran capaces de regar miles de hectáreas. Por eso, las obras de embalse y canalización comenzaron a principios de 1910 y en pocos años dieron lugar al desarrollo agrícola del valle.
Las producciones favoritas de los agricultores pioneros fueron la alfalfa, los frutales (especialmente pera y manzana) y la vid. Para este último cultivo, los años del centenario argentino marcaron una explosión de crecimiento, se pasó de 25 hectáreas en 1907 a 557 en 1910 y 2.000 en 1918.
Así, la naciente industria del vino austral iba adquiriendo el perfil que la caracterizaría para siempre, marcado a fuego por el clima y el suelo del terruño.
Los primeros viñateros se inclinaron por plantar Malbec, Pinot Noir, Sauvignon Blanc y Semillón, aunque los relatos de la época también señalan Cabernet Sauvignon. El Merlot fue introducido algunos años después por Humberto Canale y Patricio Piñeiro Sorondo en forma casi simultánea, lo que le dio a la región otro de sus mejores créditos tintos.
La historia posterior demuestra que las variedades comunes siempre existieron, pero en cantidades muy limitadas. No era una zona propicia para grandes rendimientos ni volúmenes fabulosos, aunque llegaría el día en que el afán por competir con la poderosa región de Cuyo en el terreno de los vinos bastos y ordinarios la iba a llevar al borde de la extinción.
Apogeo, masificación y derrumbe
La primera etapa fue consolidándose en la década de 1920 con la instalación de un número suficiente de bodegas como para hablar de una vitivinicultura regional en serio.
Las estadísticas vitícolas de antaño así lo reflejan: 5.000 hectáreas en 1929 y 9.000 en 1933. Luego hubo un prolongado estancamiento, producido por una ley que gravaba fuertemente la implantación de vides. Con todo, los indicios demuestran que ésa fue la mejor época en el pasado de los vinos del sur.
La gran cantidad de uva fina se acoplaba perfectamente a las bodegas bien equipadas. Pero existía también la contrapartida de los emprendedores muy pequeños, sin conocimientos técnicos de bodega, con viñedos mezclados y cepas de identidad confusa. A ello se sumaba el inconveniente más peligroso, que a la larga resultaría mortífero: la mayoría de las bodegas se conformaba con una modesta comercialización en el ámbito local, sin intención de extenderla a las ciudades más importantes del país. Canale y Barón de Río Negro fueron las excepciones a la regla; no por casualidad, la primera de ellas fue la única que logró sortear todas las crisis para llegar sana y salva hasta nuestros días.
En la década de 1960 el crecimiento volvió a explotar y la superficie abocada a la actividad llegó al tope de 17.764 hectáreas. Eran los días del vino común con soda y muchos empresarios del sur creyeron que debían salir a competir con Cuyo. Sin embargo, comparativamente, un productor cuyano podía elaborar tres veces más vino con la misma superficie de viñedos, además de contar con subsidios, desgravaciones impositivas y un amplio apoyo gubernamental que no existía en las provincias australes.
La única esperanza que quedaba era continuar vendiendo en el mercado de la Patagonia. Pero eso también se terminó hacia fines de la década de 1980: llegaron los caminos pavimentados y las grandes bodegas cuyanas construyeron plantas de fraccionamiento en Neuquén y Río Negro.
En muy pocos años, la vitivinicultura patagónica sufrió un cataclismo devastador. Las 17.000 hectáreas pasaron a ser 4.000 y las 260 bodegas fueron abandonando la actividad hasta que sólo quedaron 26. Sin dudas, había concluido una época.
La resurrección del siglo XXI
Durante largos años, la bodega Canale logró mantener en alto el estandarte de los vinos australes en las góndolas argentinas. No obstante, para los últimos años del siglo XX ya se estaban gestando que la Patagonia vitivinícola volvería a resurgir muy pronto. El emprendimiento del Chañar fue, sin dudas, el más importante, pero existen otros anteriores.
El antecesor es también el más austral, ya que Bernardo Weinert comenzó sus ensayos vitícolas en Chubut en una fecha tan temprana como el año 1989, aunque su primera producción comercial fue 2006. Mientras tanto, el camino para el resurgimiento del Alto Valle vino de la mano de Hervé Joyaux Fabre. En 1992 se instaló en Mendoza y ya tenía puesto el ojo en Río Negro, idea que concretó en 1996 con la compra y reconstrucción de la bodega La Sarita.
El proyecto de Julio Viola en el Chañar comenzó plantarse en 1999 y la vinificación inaugural (todavía en un pequeño galpón) se realizó en 2002. Todo el mundo conoce el rápido crecimiento posterior de la zona, que atrajo prontamente la atención de los inversores. No debemos olvidar lo que ocurría, para la misma época, en los extremos norte y este de la región: Bodega del Desierto plantaba sus viñedos en 25 de Mayo (2001) mientras los socios fundadores de la bodega Océano hacían lo propio en el Valle de Viedma (1998).
Desde entonces, los emprendimientos no han dejado de radicarse y crecer en su diversidad conceptual. El desarrollo paralelo de alternativas para el turismo y la gastronomía con vinculación directa a las bodegas ha producido un veloz crecimiento de la imagen vitivinícola regional, que vuelve a cobrar la aureola de calidad de sus buenos tiempos. El ciclo iniciado hace cien años se completa, pero no termina. Los primeros colonos interpretaron correctamente el mensaje del terruño y plantaron cepas finas.
Sus descendientes fueron testigos de las posteriores etapas de crecimiento, auge, masificación, caída y resurrección. La historia vuelve a comenzar con otros pioneros, otros viñedos y otras bodegas, pero siempre con el mismo protagonista. Porque, afortunadamente, el vino está más allá del tiempo y las personas.

