Enoturismo

Porto, la tierra del vino más fuerte

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Nota creada el 05.08.2010 Por Fabricio Portelli Bookmark and Share

Portugal ostenta el viñedo clasificado como más antiguo del mundo, donde nace el Porto: el afamado vino fortificado que cuenta con una complejidad única y un exclusivo método de elaboración con variedades autóctonas.

¡Cuánto le debo ya al vino argentino! No me voy a cansar de repetirlo porque, además de brindarme placer en cada copa, me permite viajar y vivir experiencias inolvidables. La más reciente fue en Porto, la meca del gran vino fortificado que le da mucho más que orgullo a Portugal.



Invitados por Finca Flichman, estuvimos una semana junto al gran Miguel Brascó y la genial Elisabeth Checa haciendo de las nuestras. Pero lo importante aquí no son los detalles de la riquísima travesía, sino el motivo que nos llevó a tierras lusitanas. Impulsados por Ricardo Rebelo, director de la bodega, fuimos propuestos para ser nombrados Cavaleiros do Vinho do Porto; una mención de honor a cargo de la Confraria do Vinho do Porto que tiene como principal objetivo ser una acción más en su vasta propuesta para difundir la cultura de sus vinos. En otras palabras, buscan en los distintos países, a través de las casas vinícolas de Porto, personajes (nunca tan acertada la palabra) que puedan comunicar su mensaje. Algo que puede parecer muy simple, pero que conlleva mucho esfuerzo: una ceremonia en el Palacio de la Bolsa, que incluyó a más de cien flamantes entronizados provenientes de todo el mundo, con desfile callejero posterior y cena de gala. Un evento que revoluciona cada año la pintoresca ciudad ubicada sobre la ribera derecha del río Duero en su desembocadura en el océano Atlántico.
A mí me encantó ser uno de los tres primeros agasajados del país, no sólo por lo bien que me trataron todos los Guedes (familia propietaria de Sogrape, quienes además de Finca Flichman, tienen Sandeman, Offley y Ferrerira, entre otras casas vinícolas), sino también porque la misión encomendada es apasionante y me permite ser voz y parte de algo genuino. De hecho, es lo que hago a diario con el vino argentino, pero en este caso se trata de una historia que esconde mucho sacrificio detrás de tanto placer. Un par de ejemplos para tomar real dimensión: pese a que las fincas del Douro son consideradas las más atractivas del planeta, son también las más difíciles de trabajar por sus empinadas terrazas; o aunque sus viñedos hayan sido los primeros en el mundo en ser clasificados en función de la calidad de sus terruños (en 1756, gracias al Marqués de Pombal), las bodegas la siguen peleando día a día. Es por eso que el vinho do Porto me llegó al corazón; para mí, es único e inigualable, más allá de que los Zuccardi hayan concebido un respetable fortificado a base de Malbec que sirvió de inspiración para muchos otros. Su mística está por encima del sistema de vinificación y crianza. El vino se elabora en bodegas que están cerca de los viñedos a lo largo del Douro, pero se añeja y estiba en una ciudad de almacenes (Vila Nova da Gaia) que cobija una infinidad de cubas de roble de todos los tamaños. Un vino que no es dulce, sino que merece ser catalogado como un gusto en sí mismo porque no es sólo el azúcar residual que queda tras frenar la fermentación con el encabezado, sino el sabor y la complejidad que adquiere con los años, ya sea en toneles (Tawny) o en botella (LVB, Ruby o Vintage). El respeto por la calidad (pronta a cumplir tres siglos), por potenciar las variedades locales y por mantener las tradiciones es el factor que más me convence para difundir las particularidades del Porto. Además, es un vino para disfrutar al final de la comida, con o sin postres, pero que lleva como regla ir pasando la botella de comensal en comensal hasta que se termine. No es un licor, es un vino con todas las letras; por eso, si se descorcha, se toma: no hay tiempo, el límite está en el disfrute de la sobremesa. Y esa sumatoria de situaciones y circunstancias que encierra es lo que lo hace diferente al resto. Ojalá algún día podamos hacer una cofradía así para el Malbec, por ejemplo, y encauzarnos todos en la misma dirección (los que lo elaboran, los que lo venden y los que lo comunicamos) para que los consumidores del mundo sientan la misma pasión que nos mueve día a día el vino argentino. Para eso trabajé, trabajo y seguiré trabajando duro. No obstante, desde ahora tengo –y a mucha honra– una misión más: ser Cavaleiro do Porto.