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Las cinco patagonias

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Nota creada el 12.07.2010 Por Gustavo Choren Bookmark and Share

La radicación de nuevos emprendimientos producida en la última década dotó a la Patagonia de una gran diversidad de propuestas vitivinícolas. Hoy conviven en la región bodegas tradicionales y modernas, grandes y pequeñas, así como proyectos menos conocidos por su carácter reciente o su ubicación geográfica.

Existen muchas maneras de dividir la Patagonia desde el punto de vista físico, climático o geográfico. Pero si hablamos estrictamente de la actividad vitivinícola, las segmentaciones parecen más difíciles. Sin embargo, encontramos una forma didáctica y entretenida: separarla por el estilo y la filosofía que comandan cada emprendimiento.
Veamos, entonces, cuáles son estas cinco Patagonias que representan el verdadero espíritu de una región tan bella como prometedora.

La tradicional
Durante un siglo, el Alto Valle del Río Negro estuvo a la cabeza de la producción de vinos patagónicos. Aunque la extensión de cultivos vitícolas es hoy menor a la quinta parte de lo que era hace tres décadas, sigue siendo la zona donde existen las mayores posibilidades de encontrar viñedos antiguos de variedades nobles.
¿Qué otra bodega sino Canale puede caber en esta definición? Un establecimiento de reconversión permanente, que cobró mayor fuerza a partir del año 1998, cuando se abocó a la elaboración de etiquetas para exportación sin descuidar las marcas históricas, como el Marcus clásico o la línea Íntimo. Su esencia se percibe en sus blancos terrosos, a veces cítricos, y en la fuerza opulenta y frutada de sus mejores tintos.
Aunque mucho más nueva en términos cronológicos, Infinitus también entra dentro de esta Patagonia. Desde 1996 hasta hoy supo ganar una buena porción del mercado gracias a la calidad de sus productos. Medio millón de litros son prolija vinificados en piletas de cemento, estabilizados y brevemente estacionados, tras lo cual se los envía a Mendoza para su embotellamiento o crianza en barricas.
La onda clásica de Infinitus se sustenta en sus 54 hectáreas de viñedos ubicados en Allen, de más de 40 años de antigüedad. Sus vinos tienen, al igual que los de Canale, ese trasfondo de elegancia estilizada que se sostiene en la acidez natural, fresca, mineral. Su vino top es el Merlot Gran Reserva, uno de los ejemplares más destacados de la cepa en el país.

La monumental
No es casualidad que el proyecto del Chañar haya llamado tanto la atención aquí y en el exterior. Los valores agregados son muchos: dos mil hectáreas de viñedos implantados en medio de la nada, con un moderno sistema de riego por goteo de alta presión que hizo necesario construir un acueducto de 20 kilómetros desde el río Neuquén.
El polo vitivinícola de la zona comenzó con Julio Viola y la Bodega Del Fin del Mundo, pero pronto se extendió hasta ocupar toda el área sembrada con otras seis empresas: NQN, Familia Schroeder, Familia Grittini, Valle Perdido, Rubén Patritti y Secreto Patagónico. A 50 kilómetros hacia el oeste, en Añelo, se instaló para la misma época otro proyecto, Universo Austral, actualmente en manos de capitales chilenos.
A simple vista, todos los vinos elaborados en el polo del Chañar parecerían tener un elemento constitutivo común: el viñedo madre fue plantado con idénticos parámetros agronómicos. Sin embargo, una mirada más atenta puede descubrir bastantes diferencias de estilo de acuerdo con cada enólogo.
Los vinos de alta gama de Bodega Del Fin del Mundo tienen una complejidad que hace pensar en un terruño más añoso, pero eso se debe a la pericia profesional de Marcelo Miras, el profesional más experimentado de la Patagonia.
NQN propone un perfil contundente, sabroso, con abundante caudal de fruta madura, mientras que Familia Schroeder está claramente encolumnada en la línea de los delicados y fragantes, para paladear con atención.

La cool
En medio de tantas inversiones colosales, dos reconocidos empresarios vitivinícolas europeos decidieron instalarse en el Alto Valle del Río Negro para producir vinos a partir de un concepto radicalmente opuesto: producciones mínimas y parque varietal acotado, sólo para segmentos de altísima calidad.
El precursor fue el winemaker danés Hans Vinding-Diers, quien arribó a nuestro país en 1998 como consultor de la bodega Canale. En el año 2000 compró 160 hectáreas de tierra virgen en Valle Azul y comenzó a construir una pequeña bodega de 36.000 litros. Al poco tiempo logró adquirir una antigua finca de 8 hectáreas de Malbec en Mainqué, de las cuales 1,5 fueron implantadas en 1932 y el resto en 1955, con sectores localizados algo más cercanos en el tiempo. Prácticamente junto a ese viñedo se encuentra otro de Pinot Noir con características de edad y conducción muy similares. Tal vez por ello, el italiano Piero Incisa Della Rocchetta pensó en ese sitio cuando su primo Hans le hizo probar un buen Pinot.
La compra de la segunda finca se materializó en 2004, con lo cual Della Rocchetta se hizo acreedor a 17 hectáreas privilegiadas y también construyó su propia bodega de 25.000 litros con piletas circulares de cemento para fermentación y barricas de roble para la crianza.
Tanto Noemía como Chacra representan hoy el cenit de calidad de los vinos del sur.

La oculta
Hay otras pequeñas bodegas de capitales argentinos que están surgiendo. La primera de ellas es Agrestis, iniciada en 1994 por Norberto Ghirardelli, que cuenta con algo menos de 15 hectáreas de viñedos y una bodega de 36.000 litros.
También en General Roca se ubica Chacras del Sol, una bodega que elabora dos líneas propias (Wünn y Konantu) y los vinos de Marcelo Miras, llamados Ocio y Miras.
En Fernández Oro, dos bodegas se encuentran hoy en el inicio de sus vidas con las primeras elaboraciones recién embotelladas: Familia Del Río Elorza y Domingo Rastrilla. El proyecto más reciente de todos se llama Barda Norte y está encarado por el productor local Horacio Marcilla, propietario de una excelente finca en Mainqué. Una particularidad la destaca: es la única bodega boutique del país que tiene un tonel de roble nuevo de 3.000 litros.
Finalmente, mucho más al este, en el Valle Medio, Augusto Ripoll continúa con su bodega Rivus, de Darwin.

La extrema
Más allá de las diferencias que producen las distintas filosofías de cultivo y elaboración, hay tres comarcas patagónicas que marcan a fuego los colores, aromas y sabores de los vinos que generan por el simple hecho de su remota ubicación geográfica. Ellas son 25 de Mayo, en La Pampa, Viedma, en Río Negro, y El Hoyo de Epuyén, en Chubut. Las etiquetas pampeanas ya son bien conocidas por miles de aficionados argentinos, pero mucho más por los de Estados Unidos, principal mercado de exportación de Bodega del Desierto.
Llegando al extremo oriental del Río Negro, en el fresco Valle de Viedma, dos bodegas hicieron resurgir la actividad vitivinícola después de mucho tiempo. La primera fue Océano, que aún hoy conserva el título de producir los vinos más marítimos de la Argentina. Si nos movemos río arriba, en la localidad de San Javier se encuentra Lapeyrade, que ya tiene en su haber algunas cosechas embotelladas de Malbec, Merlot y Semillón. Y, por supuesto, no se puede hablar de los extremos geográficos sin mencionar Patagonian Wines, la bodega de Bernardo Weinert en El Hoyo de Epuyén, al norte de la provincia de Chubut.

 


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