Notas
Ernesto Catena, el hombre detrás del vino
Es un bodeguero multidisciplinario, un personaje singular y sereno, amante del polo y del arte. Al mando de la bodega centenaria Escorihuela Gascón, desde hace mucho tiempo sus etiquetas pisan fuerte aquí y en el mundo entero.
- 16.03.2012
- El Conocedor
Ernesto Catena respira vino desde muy chico. Su bisabuelo, Nicola Catena, llegó a la Argentina desde Italia hacia fines del siglo XIX con el conocimiento del oficio. Se instaló en Mendoza, donde en 1902 plantó su primera viña de Malbec. Su abuelo, Domingo Vicente, se encargó de expandir la producción y mejorar sus tierras, y su padre, Nicolás, consagró el apellido a nivel mundial cuando apostó al vino argentino como producto de alta gama, a diferencia de lo que ocurría hasta entonces, cuando apenas se lo concebía como un negocio de volumen y para todos los días. Ernesto, por su parte, nació en la ciudad de Mendoza, pero se crió en la finca de su abuelo, en Libertad. En su currículum figura una licenciatura en Economía y Computación en Massachussets (Estados Unidos), una maestría en Diseño en Milán (Italia) y un posgrado en Historia en Londres (Inglaterra).
Sin embargo, esa pasión genética por el vino afloró a su regreso de Europa, a mediados de los noventa, y rápidamente se convirtió en su forma de vida. Su historia en Escorihuela Gascón comienza en 1992, cuando la bodega pasó a manos de un grupo de inversores encabezados por la familia Catena. Hasta ese momento, el establecimiento seguía siendo propiedad de los descendientes del fundador, don Miguel Escorihuela Gascón. Es una de las bodegas más prestigiosas y tradicionales de la Argentina. Situada a sólo tres kilómetros de la ciudad de Mendoza, en el sereno barrio de Godoy Cruz, y con más de cien años a cuestas, fue una de las protagonistas claves de la transformación de la vinicultura local. Bajo la dirección de Ernesto Catena, el objetivo de hacer vinos de calidad se mantuvo y también se privilegió la elaboración de etiquetas de alta gama y de vinos para exportar a todo el mundo. Unos años después del cambio de dueños, siendo consciente de formar parte de la historia vitivinícola del país, Escorihuela Gascón abrió sus puertas a los turistas que, acompañados por guías especializados, la pueden visitar y comer en el restaurante 1884, a cargo de Francis Mallmann y uno de los mejores de la provincia.
Además del vino, otra pasión que ocupa un lugar importante en tu vida son los caballos. ¿Viene de muy chico tu predilección por estos animales?
Simbolizan para mí la infancia idílica y pastoril que viví muy de chiquito con mi abuelo en la finca. Me gustaría volver a esa vida que tenía de chico. En invierno mi abuelo se levantaba a las cuatro de la mañana todos los días, yo saltaba de la cama a las seis y lo único que quería era ir al corral, pero no me dejaba hasta que no saliera el sol. Cuando amanecía, salía a ensillar y después cabalgaba por los alrededores toda la mañana. Quiero volver a eso, a disfrutar de los amaneceres. Además, Mendoza es muy buena para los caballos ya que es una tierra blandita, una arena que es ideal para galopar, y donde vivíamos, en la parte donde termina la viña, es del estilo “lejano oeste”.
En el presente, ¿el vino y la vida de campo forman parte de la armonía del hogar como sucedía en tu infancia?
Con mi mujer, Johanna, tenemos una casa en Chacras de Coria y la verdad es que esa vida de pueblo mendocino es muy seductora, a mis hijos les va a gustar. Ahora están estudiando, pero creo que les va a pasar lo que nos pasó a todos en un momento, querer vivir esa experiencia de vida de finca, son cosas que sé que en algún momento van a hacer, pero todavía son chicos. Cuando ya podamos tomar las cosas con más tranquilidad, vamos a pasar menos tiempo viajando y más tiempo haciendo esa vida que es tan linda. Hasta este momento hemos estado con más euforia, con ganas de recorrer el mundo y contar qué es lo que hacemos, qué pensamos, qué mensaje queremos dar con nuestros vinos; ha sido una etapa de expansión, de comunicación. Tarde o temprano, después viene un momento de reflexión, de volver a tus raíces, a tu esencia. Yo nací en la finca, recorrí el mundo, hice un montón de cosas diferentes, volví y eventualmente voy a volver, como en el libro de Herman Hesse, Siddharta, que dice algo así como “cruzaste el río, seguro lo vas a cruzar de vuelta”.
Con respecto a los vinos de Escorihuela Gascón, más allá de la calidad objetiva también han desarrollado un gran trabajo de marca. ¿Cómo lograron que ese proceso sea tan notorio?
Siempre hemos creído lo que hemos predicado y predicado sólo lo que creímos, entonces si nos proponíamos darle al consumidor la mejor relación preciocalidad, lo hacíamos. Incluso si dentro de la empresa me decían: “estamos usando uvas demasiado buenas para cierto vino” o “le estás dando al tanino demasiada barrica”, yo respondía: “y vamos a seguir así”, pero en la industria del vino no todos hacen eso. Hay mucha gente que predica una cosa y hace otra; nosotros somos muy consistentes, lo que decimos es lo que hacemos. No nos hemos dejado seducir por nuevos enólogos, súper enólogos, por nada. Nosotros seguimos con un estilo muy clásico de enología, somos clásicos y modernos, tenemos un lado moderno porque el equipo está formado por mucha gente joven, les damos mucho valor a los símbolos como el polo y tenemos la cancha, un bar y un restaurante magnífico, pero por otro lado somos reclásicos y no cambiamos con respecto a cómo se hacen las cosas. Eso es lo que hace que la gente se identifique con nosotros, somos muy correctos tanto con el mercado como con el consumidor.
¿Cómo surgió esta fusión del polo y el vino?, ¿cómo repercute en el mercado?
Tuvo que ver con nuestro deseo de ser modernos y ser naturales. Tenemos caballos, una cancha de polo en Mendoza, fue natural que nos vinculáramos al polo. Las dos palabras que identifican a Escorihuela son intensidad y elegancia, el polo era el deporte que iba con el perfil de la bodega. Miguel Escorihuela, su fundador, no tuvo hijos así que fue pasando por distintos dueños, pero siempre de familias mendocinas, y es la última bodega que queda funcionando en la ciudad de Mendoza, es un baluarte que representa lo que era la vida en la época dorada de la ciudad.
En Escorihuela Gascón la comunicación juega un papel muy importante. Así como últimamente se habla mucho de una nueva generación de enólogos, ¿existe una nueva generación de bodegueros de la cual te sentís parte?
Hay que saber distinguir entre el bodeguero que simplemente trata de hacer esto como un negocio y le dice al enólogo: “Hace el vino que mejor venda”, para el que todo es marketing, todo es falso; y el bodeguero que auténticamente quiere dar un mensaje. Este último es una persona muy metida en la elaboración del vino porque sabe que hay miles de opciones para hacerlo, el enólogo te da muchísimas alternativas, es un operador, un científico, pero no es el que decide. Es como la distinción que se hacía antes entre el artesano y el filósofo, el artesano es el que sabe hacer, el filósofo es el que le dice qué es lo que hay que hacer. El verdadero valor del bodeguero es decidir hacia dónde va la bodega, en qué dirección y qué estilo de vino quiere hacer; el enólogo después va a hacer ese estilo que se le pida. Como bodeguero, yo decido el estilo, la esencia. Para el vino muchas veces uso la metáfora de la pintura, es como un cuadro que estás pensando, están todos los elementos pero también hay que decidir qué querés hacer, si es una mujer, un árbol, un edificio, ¿qué querés pintar?
Además del polo, otra de las cosas que supiste fusionar con el vino es el arte, ¿de qué se trata eso?
Como en cualquier empresa, nosotros trabajamos mucho con la imagen, los folletos, las publicidades y etiquetas. Las etiquetas llevan un trabajo infernal, es como la bandera de la bodega, por eso a veces estás años desarrollándolas. Cuando únicamente estás haciendo productos y etiquetas se te cierra la mente; por eso hace bien mirar otro tipo de imágenes en un contexto más libre. Fue un intento de no perder nuestra creatividad, abrir una galería en la que se puedan fusionar distintas artes. Mucho de lo que se expone en la galería no lo comparto pero lo respeto, la mente tiene que estar siempre abierta, hay que ser tolerante, si no, las ideas se cierran en un tipo de imagen o un color y de ahí no salís nunca más.
¿Cómo ves el futuro de Escorihuela Gascón? ¿Cuál es el próximo paso que hay que dar?
Por lo pronto nos va muy bien, lo principal del trabajo en una bodega es no arruinar lo que ya se tiene. Estamos haciendo las cosas bien, la gente nos quiere, tenemos buenos productos; en primer lugar, hay que cuidar lo que tenemos. Si seguimos con esta política, el futuro nos va a sonreír. Además, creo que nuestra obligación hoy como seres humanos es estudiar la relación entre el hombre y la naturaleza y preparar el terreno para el futuro. Así como la tarea de nuestros antepasados fue la de civilizar, la nuestra es volver a la naturaleza. Fuimos en una dirección, ahora habrá que volver con la experiencia de haber ido.

