Notas
Conclusiones inconclusas
Por sexto año consecutivo, Wines of Argentina y la Coviar llevaron a cabo los Argentina Wine Awards, el concurso nacional que convoca la mayor cantidad de muestras y entrega la mayor cantidad de medallas, con vistas a promover los vinos de mejor calidad para exportar.
- 24.05.2012
- Fabricio Portelli
No tengo nada en contra de los Argentina Wine Awards, es más, me parece que suman. Sin embargo, una vez más me quedé con las ganas. Entiendo a los organizadores cuando esgrimen sus objetivos: dar a conocer nuestros vinos en el mundo. Y es por ello que cada año convocan en Mendoza a personalidades de diversos orígenes y ámbitos (periodistas, compradores, sommeliers, enólogos, etcétera) relacionados con el vino, con el propósito de que los evalúen y los critiquen constructivamente. Hasta aquí vamos bien. Organización impecable, récord de muestras todos los años y asistencia perfecta de los protagonistas del vino argentino. Diez puntos.
Pero una vez que el evento terminó, debemos cosechar sus frutos. Y no estoy hablando de los 18 trofeos, ni de las 70 medallas de oro, ni mucho menos de las 304 de plata y las 228 de bronce, fruto de las 733 degustaciones a lo largo de casi una semana. Tampoco estoy juzgando a las personalidades internacionales convocadas: Michael Silacci, hacedor de Opus One; Gilles Paquet, catedrático francés; Alastair Maling, el tan sagaz enólogo neocelandés; Anthony Hamilton Russell, el más borgoñón de los sudafricanos y Marcelo Retamal, enólogo chileno fuera de serie, entre otros. Y mucho menos critico los vinos que los mismos expositores trajeron consigo para compartir con la audiencia.
Sin duda, una experiencia muy enriquecedora. Pero ellos pasan y nosotros nos quedamos. Y nuestros vinos siguen su camino, el que le imprimen –día a día– miles de técnicos. Me pongo en la piel de ellos y de todos los que se esforzaron mucho, más allá de la cotidianeidad, para realizar el AWA. Y siento que no se ha avanzado, no en cuanto a calidad de vinos, sino en conclusiones. Porque las declaraciones de los enólogos extranjeros sobre nuestros vinos no fueron muy claras.
Como siempre, hubo quejas sobre el contenido alcohólico y la utilización de la madera en los vinos. Sin embargo, también, como siempre, los vinos mejor premiados ostentaban un buen contenido alcohólico y una larga crianza en barricas nuevas de roble. Esto evidencia que nuestros vinos son así y que hay que aceptarlos, pero no por compromiso, sino por contundencia de ventas y consumo alrededor del mundo. Hasta hace poco, nadie apostaba a que la Argentina podía superar la barrera de los 1.000 millones de dólares en exportación. Ya vamos por la de 1.500 y con este tipo de vinos. Esto no significa que seamos ajenos a que una mayor graduación atenta contra el incremento del consumo. Tampoco, que se busque alcanzar la madurez fenólica por debajo de los 13,5 grados de alcohol, tal como hace Marcelo Retamal en Chile con sus De Martino. Basado en su vasta experiencia, Retamal asegura que se puede y los que saben, entienden que hay que tomarse tan en serio sus dichos como sus vinos.
Otro de los reclamos, una constante de los visitantes expertos, aludió a una identificación más precisa con el terruño. Este pedido no es nuevo para los hacedores locales. Y es por eso que la evolución cualitativa va de la mano de los single vineyards o de aquellos grandes vinos elaborados con uvas seleccionadas de parcelas especiales. Pero sí llama la atención cuando el reclamo viene de técnicos foráneos, que ni siquiera habían pisado con anterioridad suelo argentino. Incluso alguno de ellos ni siquiera había degustado un vino. Este último dato no pone en duda sus virtudes profesionales. Incluso hasta le puede aportar una visión menos enviciada de nuestros vinos. Pero, cómo puede ser posible criticar la falta de tipicidad cuando no se conoce la tipicidad.
Los nombres de los varietales destacados fueron los mismos de siempre: Malbec y Torrontés, seguidos de lejos por el Bonarda y el Cabernet Sauvignon. Salvo Retamal, que apostó fuerte por el Chardonnay de Gualtallary, ninguno se la jugó, más allá de algunas muestras de sana envidia por parte de los enólogos del Nuevo Mundo de nuestros cepajes estrellas.
El panorama devino confuso cuando se habló de los consumidores. Para unos, los norteamericanos, hoy por hoy los consumidores más entusiastas de nuestros vinos fuera de la Argentina son de una manera y exigen características de los vinos. Otros opinaban totalmente lo inverso. Un detalle que aportó más a la confusión fue cuando Bob Pepi (asesor de Casa Bianchi hace varios años) alertó que el consumo internacional se está pareciendo cada vez más. Por suerte, los protagonistas locales tienen una visión acertada. Y si bien el negocio manda, y esto implica una gran complicación a la hora de querer ganar en tipicidad, nuestros vinos van evolucionando. Queda claro que no importa si el consumidor es global, americano experimentado o chino emergente, el vino argentino debe ser el fiel reflejo de nuestra naturaleza, de nuestra gente y de nuestro espíritu para llevar por el mundo un sentido de pertenencia con la mejor calidad posible. Pero eso ya lo sabíamos antes del AWA.
Quizás haya llegado el momento de replantearse el modelo. De seguir adelante con la iniciativa, pero ya no con el foco puesto en las medallas, con el 84% de los vinos premiados cuando la reglamentación de la OIV promueve sólo un 30%. En definitiva, no sé cuánto influye en la exportación una medalla nuestra a un vino nuestro. Tampoco creo que el camino sea el de encerrar a los visitantes y darles vino todo el día, durante cuatro días, para al quinto hacerles ver la luz y mostrarles una sola bodega y ningún terruño. Creo que sería mejor plantearse objetivos para cada cepa, en cada zona. Qué se quiere comprobar o someter a juicio en cada caso. Hacer una selección previa a cargo de jurados nacionales para detectar lo más representativo y luego sí presentarlos agrupados y con una misión clara: este es el mejor Pinot Noir que podemos hacer acá en la Argentina, es de la Patagonia y posee esta madurez: ¿qué les parece? Este es un Malbec de alta gama, elaborado a partir de un blend de zonas; estos son de similar calidad, pero de Gualtallary, Vista Flores, Altamira, Vistalba, Lunlunta… En cada caso, teniendo claras sus características diferenciales para poder comprobar si los degustadores las perciben. A partir de ahí, que critiquen en consecuencia.
Se sabe que si uno invita a alguien y lo trata muy bien, será difícil que se anime a criticar duramente (salvo Retamal, que le hizo honor a su apellido, pero se notó que lo hizo con sentimiento). Es por eso que hay que acotar la experiencia, encontrar los focos de interés y sacarles jugo. Menos vinos y más charla técnica entre los jurados. Seguro que así se logran sacar conclusiones que no sean inconclusas.

