Notas
Bordeaux: tradición y modernidad
Este terruño atesora el carácter de muchas de las más reconocidas etiquetas. Sin embargo, allí también conviven vinos menos rutilantes; un ámbito donde se aprecia el choque entre las costumbres centenarias y el avance de lo moderno.
Para cualquier conocedor del tema, hablar de Bordeaux es hablar de grandes vinos. La sola evocación de su nombre inspira una actitud reverencial, basada en el respeto que impone su tradición vitivinícola existente desde el tiempo de los romanos. Para completar el cuadro, la presencia de miles de propiedades con características de château le añade un halo de magia que no tiene paralelo en toda Europa. De hecho, en el mundo del vino, el término château lleva implícito un indudable aire bordelés que alude al significado más íntimo de “pequeño lugar” donde un productor cultiva vides y elabora vinos. Pero semejante prestigio no está cimentado sólo en este factor visual y funcional. Independientemente de la historia, que en sí misma no explica todo el fenómeno, los viñateros se las han arreglado, a lo largo de los siglos, para alimentar esa imagen con un marketing eficaz, ayudado por el privilegio de situarse en torno a un puerto natural. Desde siempre, los caldos regionales tuvieron la posibilidad de emprender rápidamente largos viajes de ultramar, lo que favoreció su llegada a los diferentes destinos de los cinco continentes. Sin embargo, más allá de la indudable influencia de su pasado, Bordeaux cuenta con elementos mucho más palpables que explican su calidad, con su terruño a la cabeza. Tanto la ciudad como los viñedos que la circundan se encuentran en la confluencia de los ríos Garonne y Dordogne, que a su vez desembocan en el estrecho de la Gironde hasta terminar en el Atlántico. Esto asegura un clima con influencia marina y favorece una alta temperatura diurna, compensada por una deseable baja nocturna gracias a las brisas oceánicas. El suelo es una combinación de grava y arena, con algunas zonas de subsuelo barroso, lo que le otorga una interesante variedad de matices geológicos. Muchas veces, estas diferencias son muy sutiles y producen vinos tan alejados en estilo, reputación y precio, que resultan casi increíbles.
Hoy, la región de Bordeaux cobija realidades completamente distintas: desde las propiedades míticas, que siguen vendiendo sus vinos a precios astronómicos, hasta los pequeños productores con serias dificultades de distribución y ventas.
SÓLO LA UNIÓN SALVA A LOS MÁS DÉBILES
El pasado más reciente dice que Bordeaux pasó por una edad de prosperidad y crecimiento entre las décadas de 1960 y 1980, pero que a partir de 1990 esa bonanza comenzó a estancarse hasta convertirse en una recesión. La región entró en un período de inestabilidad, disminución de prestigio y pérdida de mercados. Esa situación no era distinta a la que se vivía en casi todas las regiones del vino francés, pero allí resultó más notoria debido a la gran exposición que tienen sus etiquetas. Las estadísticas al respecto son ciertamente contundentes: de 22.300 productores activos de 1983 pasó a menos de 10.000 en la actualidad.
Sin embargo, quienes sufrieron con mayor fuerza el cimbronazo fueron los viñateros ubicados en las áreas menos favorecidas que se dan en llamar apelaciones “genéricas” o “regionales”. Tales vinos, provenientes de áreas más bien vastas pero marginales, son el equivalente a los llamados “finitos”: sencillos, económicos y para consumo diario.
El modelo general de producción es familiar, de dimensiones reducidas (siete hectáreas en promedio), aunque no faltan las grandes empresas y las cooperativas. En todos los casos, los precios por botella varían bastante, pero la gama tiene un piso de €5 y un techo de €15. Si tenemos en cuenta la enorme oferta de vinos del Nuevo Mundo en esa misma franja, con mejor calidad y mayores volúmenes, no resulta extraño entender el porqué de la debacle.
Así y todo, los productores unidos están trabajando duramente para mejorar su imagen mediante diferentes acciones y campañas publicitarias orientadas especialmente a los jóvenes. De cierta manera, la movida apunta a que esas miles de etiquetas de porte sencillo y valor accesible actúen como un modo de introducción al mundo del vino.
MÉDOC, GRAVES Y LIBOURNE, DONDE LA MAGIA CONTINÚA
Por supuesto que los grandes vinos de la mitología enológica contemporánea también tienen su cuna, situada en los terrenos más favorecidos para las vides de calidad por su ubicación, orientación y composición. Esos terroirs de características sobresalientes dan lugar a las llamadas apelaciones “comunales”. Ahora bien, las características del terruño son sólo una parte de la explicación. Detrás de eso también hay un hechizo generado a lo largo del tiempo basado en una inteligente manera de vender imagen. Lo más interesante está dado por un tortuoso sistema creado en algunas de esas comunas hace más de 150 años, que califica a las diferentes propiedades siguiendo un esquema de jerarquías, pero no a todas. Las que lograron acceder al privilegio son una ínfima minoría, lo que le brinda a la cuestión un halo todavía mayor de leyenda.
Así, la aristocracia vínica de Bordeaux está encabezada por los Crus Classés (terruños clasificados). En Médoc, por ejemplo, esa lista está compuesta por 61 etiquetas divididas, a su vez, en cinco categorías. La crème de la crème la constituyen los cinco premiers crus, nada menos que los Châteaux Lafite- Rothschild, Margaux, Latour, Haut Brion (un “colado” de Pessac-Léognan) y Mouton- Rothschild. Luego siguen los seconds crus (catorce), los troisièmes crus (otros catorce), los quatrièmes crus (diez) y, finalmente, los cinquièmes crus (dieciocho) completando el espectro de afortunados. Algo más tarde, Sauternes y Saint Emilion se acoplaron al sistema y crearon sus propias tablas de clasificación a partir del mismo concepto. La pertenencia a cualquiera de las nomenclaturas equivale a multiplicar los precios según el escalón en el que estén. Y allí reside, el mayor “efecto psicológico” de todo, ya que es difícil apreciar diferencias importantes entre los mejores vinos. ¿Son caprichosas, entonces, estas clasificaciones? Seguramente sí, pero eso es lo que sostiene el enorme prestigio regional.
Para quien ama el buen vino, recorrer Bordeaux en pleno siglo XXI produce una suerte de emociones mezcladas. En Médoc y Graves se percibe un aire de modernidad, empezando por las mejoras edilicias que sufren los châteaux. La actualización tecnológica de las bodegas es también fuerte y constante. Tanto aggiornamiento no deja de estar presente en los vinos, pero sobre todo en los tintos que son más carnosos, concentrados y frutales que sus pares de años atrás.
En la Libourne, en cambio, y especialmente en Saint-Emilion, el pasado ha dejado una huella. No es que las bodegas sean menos modernas, pero allí las cosas parecen marchar a otro ritmo: los vinos son más sosegados, serenos y elegantes. Dejando de lado las diferencias en los cortes, es fácil sentir una enología más consustanciada con los viejos tiempos, en la cual todavía se valoran los colores delicados y los aromas complejos.
De cualquier manera, un viajero afecto a la degustación se encuentra tan a gusto hoy como hace cien años. Y no faltan razones para sentirse así en un paisaje que remite a la esencia misma del vino, donde es posible apreciar la densidad de plantación de los minúsculos viñedos o a las vides añosas y sus châteaux conviviendo sobre una misma colina, en diferentes niveles, pero con distinta exposición al sol y composición de los suelos. Un lugar, en definitiva, para no dejar de sorprenderse nunca porque el espíritu de Bordeaux trasciende ampliamente el paso del tiempo.

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