Opinión
Beber o vivir el vino…
Según Fabricio Portelli, el gusto personal sigue siendo lo más importante al momento del consumo. Y es por ello que hay tantos gustos como amantes del vino, y que con miles de vinos lanzados anualmente al mercado en nuestro país, las generalidades no sirven y son las individualidades las que importan.
Es curioso ver cómo lo verdaderamente importante a la hora de disfrutar de un vino está muy claro desde el vamos. Porque el gusto propio es el que en definitiva decidirá. Sin embargo, muchos creen que al andar el fascinante camino del vino, ya sea desde la práctica y/o la teoría, como desde la técnica y/o el hedonismo, son el análisis gustativo (organoléptico, le dicen) y el poder descifrar un vino los medidores de nuestra satisfacción.
Por suerte… al tiempo, luego de algunos cursos, o catas con amigos, o libros leídos, o comidas importantes, o exposiciones, o una larga lista de etcéteras, se vuelve todo más claro, y recuperamos el poder de la inocencia vínica, porque sin dudas es el gusto personal lo más importante. Y es por ello que hay tantos gustos como consumidores, y que con miles de vinos lanzados anualmente al mercado en nuestro país, las generalidades no sirven y son las individualidades las que importan. Los bodegueros saben que es una utopía caerles bien a todos con sus vinos, aunque sueñan con poder ofrecernos un vino para cada ocasión de consumo. Pero esto no hace a la fidelidad de un consumidor, porque simplemente es casi imposible lograrla. Eso sí, si los vinos y la comunicación son efectivos y superan las expectativas, la recordación de la etiqueta será aún mayor que la de la media, y es gracias a ello que será posible que esa persona vuelva a descorchar ese vino.
Pero ese no es el problema, ya que por suerte todavía hay muchos consumidores, aquí y en el mundo, sedientos de vinos argentinos. El tema pasa porque cada uno lo disfrute como se le antoje. ¿Va con soda?, me pregunta uno; ¿te jode si le pongo hielo?, me pregunta el otro… como si yo hubiese hecho los vinos que muchas veces sirvo. Cada uno tiene que beberlo como prefiera, pero eso sí, al menos hay que saber que, dependiendo del vino, hubo mucha dedicación y esfuerzo de muchas personas para que al menos lo prueben tal como se embotelló. Y si luego de ese trago, la preferencia sigue siendo de cualquier forma menos solo, entonces, a mezclarlo… porque en definitiva los bodegueros elaboran vinos para dar placer a la gente, y son las personas las que eligen en busca de la mayor satisfacción. Algunos más interesados en el tema se muestran muy preocupados por la guarda de un vino… ¿cuánto debo guardarlo? o ¿se puede descorchar?... Sinceramente, estamos escribiendo entre todos las páginas del vino argentino. Los que tomamos somos los conejillos de indias de los que lo hacen. Nosotros aprendemos de ellos y ellos de nosotros. No hay reglas ni fórmulas matemáticas que indiquen cuándo hay que descorchar una botella. Sin embargo, hay muchos que gustan de guardarlas, ya sea en climatizadoras o en cavas construidas. Y sólo al admirar una cava y escuchar a su propietario se puede entender el gusto y placer que significa tener botellas atesoradas, siempre a mano para sorprender a los amigos.
Como ven, hay muchas formas de beber el vino y en infinitas ocasiones, pero yo lo disfruto de otra manera. Como a todos, a mí me encanta el vino, y me lo tomo bien en serio (en todo sentido). Pero cuando bebo una copa me gusta ir más allá de las sensaciones organolépticas. Me gusta recordar a quien lo hizo y las experiencias que me unen a esa persona, me gusta comparar mentalmente con mi percepción anterior al vino, me gusta sacar conclusiones, me gusta hacer un poco de historia, recorrer imaginariamente la zona productiva, me gusta recordar anécdotas y, por supuesto, me encanta compartir todos esos sentimientos que, como dije, van mucho más allá de los aromas y sabores que salen de la copa. Por suerte, eso se me da muy a menudo. Y si bien estas sensaciones pueden quedar entre la copa y yo, y durar segundos o minutos, marcan cada uno de mis momentos con el vino. Por eso yo siempre digo que a mí, más que beber, me gusta vivir el vino.

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